
Estaba sentada en el alféizar de la ventana, absorta en la blancura inmaculada de la página que reposaba frente a ella. Tenía las piernas cruzadas y el sonido monótono del reloj, magnificado por el silencio, retumbaba en la habitación con el estruendo de un gong. Toc, Toc, Toc y todavía nada. Ella no podía apartar los ojos del papel. Ella era el papel ahora. Estaba en blanco al igual que aquella hoja. Era frágil, totalmente destructible, rompible, incendiable. Tomó la pluma. Quería manchar la intimidante blancura apenas con unas letras, pero no podía. Estaba abandonada ante el espectro brillante que la confrontaba. Las preguntas la habían abandonado. No tenia nada que preguntar y por ende nada que responder.
- Es un asunto delicado -se dijo- apartar la hoja de enfrente y olvidarme de lo mucho que deseo plasmar mis fugitivas palabras es hasta cierto punto morir. Porque quizás esas palabras vivan más que yo, porque quizás esas palabras a lo largo del tiempo terminen siendo más que yo misma. Escribir es sobrevivir el presente y el futuro.
Y miró la hoja de nuevo y sintió que la hoja era más fuerte que ella y más bella porque estaba orgullosa de estar en blanco y ella necesitaba las palabras. La hoja no tenia miedo de morir.
Sentada desde aquel lugar podía ver hacia afuera el pasto verde y los árboles frondosos del patio trasero. En las tardes, le gustaba acostarse en la hierba y mirar hacia el cielo desde un lugar sin sombra. Pero esta tarde se había prohibido a sí misma salir del encierro. Ni siquiera había apartado la vista del papel.
- ¿Cuánto tiempo más estaré mirando sin conseguir escribir? - pensó. ¿Y si acaso lo que consigo poner aquí no logra sobrevivir, no me puede resucitar? Es peor aún. Quizás lo que escriba consiga enterrarme.
Y se llenó de ansiedad. Comenzó a sudar. Se agarró la barbilla muy fuerte con la mano derecha hasta transformar su rostro en una expresión deforme. Pretendía con esto evitar el llanto. Ella siempre comenzaba a llorar por la barbilla. Lo presentía sobrecogerla cuando se astringía su garganta seguida por el incontrolable temblor. La lágrima rodó de todos modos por su cara. Todo el cuerpo de repente rojo, luego violeta. Apretaba la pluma como si quisiera desaparecerla entre su mano temblorosa. Pero ni un sonido. La escena parecía transcurrir en un televisor silenciado.
Unos pasos cautelosos, a lo lejos, amenazaban con acercarse desde la escalera. Ella se encogió en el piso pero a pesar de sus mejores esfuerzos no pudo controlar el llanto.
-Cálmate,- decía- cálmate que ahí vienen.
Pero las lágrimas rodaban cada vez más estrepitosamente.
-Incontenibles lágrimas traidoras-pensaba.
Y la hoja aún reposaba en su regazo, como la hija de una mujer adulta y estéril.
Sintió que la observaban. Estaba segura de que alguien la miraba fijamente porque los pasos se habían detenido y la puerta de la habitación se abrió muy despacio alargando un chillido a sus espaldas. El llanto aún no paraba y ella no quería voltear. No quería ser descubierta. No quería que supieran que lloraba. Y apretaba la pluma, y apretaba la pluma.
Una muchacha negra y delgada vestida enteramente de blanco la tomó del brazo.
-¿Llora usted Grace? ¿Llora?
Pero ella no contestaba. Las lágrimas brotaban a borbotones. Su cuerpo se había vuelto cada vez más estático. Más tieso, más duro y más violeta. Era la rabia de no poder sobrevivirse a sí misma. Era la angustia de no poder expresar qué se yo qué cosas. Era la ausencia de letras. Era la hoja blanca.
La muchacha un poco asustada se devolvió a la puerta y en un volumen moderado llamó a alguien hasta la habitación. La hoja se resbaló de sus piernas y cayó en el piso junto a ella. Se burlaba a carcajadas en su insoportable blancura. La miraba a los ojos y le decía : yo soy más fuerte. Y se burlaba de nuevo. El reloj dejó de escucharse. Su cuerpo se volvió duro, muy duro, como una masa pesada y ajena a ella. Para Grace ya no había sonidos, no escuchaba los pasos pero sentía las vibraciones del movimiento acelerado de los cuatro pies que rondaban la habitación. Se movió por primera vez y colocó su mano derecha sobre la hoja. Trataba con esto de callar su risa burlona y se sintió miserable, a merced de la blancura, a merced de la ansiedad. La muchacha la miraba con lástima. El joven que había entrado después tenia la vista fija en la puerta y parecía esperar a alguien más.
Ella no podía con su miseria, había tocado fondo. No. Ni siquiera eso. El fondo implicaba saber donde estabas. Ella caía sin remedio en un abismo, eternamente ansiosa de tocar un fondo que nunca llegaba. Miró su mano, miró la hoja. Y como un espectador ajeno a lo que observa, vio la pluma enterrarse entre las carnes de la mano que acallaba la página vacía. Volvió el sonido. La joven espetó un alarido y la hoja ya no estaba blanca.
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