viernes, mayo 05, 2006

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La noche de ayer, cansada de esperar que me llamaras, encendí el televisor. El público lucía muy entusiasmado con una competencia que comenzaría en pocos minutos. Dos chefs de buena reputación competirían haciendo cuatro platos en cuarenta y cinco minutos, utilizando un ingrediente secreto que sería develado después de los anuncios. Cuando destaparon el metal que escondía el ingrediente, se reveló una pecera donde cuatro chillos nadaban apaciblemente. En un abrir y cerrar de ojos los chillos se encontraban tapados, vivos, en enormes cacerolas de metal luego de haber sido perseguidos por las redes de mano y sacados abruptamente del agua. No solamente tuve que presenciar el sobresalto, sino que en menos de un minuto vi como sus cabezas eran separadas de sus cuerpos con un golpe seco, mientras aleteaban sobre las tablas de madera en la meseta del set que simulaba una cocina industrial.

Me pareció un espectáculo de lo peor, así que apagué el televisor y me decidí a llamarte, no podía esperar más. Una voz pastosa contestó el teléfono. Te imaginé babeando el auricular y haciendo un esfuerzo inútil por abrir el segundo ojo. Estás durmiendo, te dije y recibí un ¿eh? por respuesta. Tras el hablamos mañana y una frase que se te enredó en la lengua, colgué. Me quedé mirando mi reflejo inconforme en la pantalla negra del televisor.

Me acordé cuando me decías que ese aparato te hacía compañía. Yo no pude entenderlo, todavía no puedo. Todas esas gentes detrás del cristal me hacen sentir más sola. Es como si me recordaran lo que me estoy perdiendo. Es como si yo estuviera encerrada en esta habitación y sólo tuviera esa pequeña ventanita para ver el mundo sin poder tocarlo. No es lo mismo cuando leo, porque leer es como un diálogo. Es como si estuviera escuchando lo que otra persona que está también encerrada, como yo, tiene para decirme. Es completar el sueño de alguien de ser escuchado. Es como levantar el teléfono y oirte cuando estás despierto. Es un canal abierto con una fracción pequeña del mundo que me pertenece, que no me es ajena. Leer es intimar con los otros desesperados como yo.

Si supieras tan sólo como es estar aquí y por voluntad propia. Me siento como uno de los peces en la pecera, todo luce calmado pero tengo este presentimiento de que en cualquier momento algo puede pasar, pero no pasa nada. Me pregunto igual que ellos ¿qué hago aquí? ¿porqué me obligo a hacer algo que no quiero? Pero en seguida encuentro las razones. Las tengo escritas, clasificadas, dispuestas en tubos de ensayo para mezclarlas, experimentar con ellas, bebérmelas, olerme sus vapores y recobrar las fuerzas para seguir sufriendo.

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