
Una tarde, sentada en la galería la madre de Diana la peinaba. Para Diana los hombres eran un misterio y prefería estar entre mujeres. Con su madre y su abuela se sentía segura. Pero ese día más que nunca sintió no tener padre, y preguntó.
- ¿Cómo son los hombres mami?
Su madre no vaciló, había esperado esa pregunta desde que la vio nacer y ahora por fin había llegado el momento de darle respuesta. No dejó ni un momento de atravesar el peine entre sus cabellos rojizos y fue hilando estas palabras mientras Diana escuchaba la voz a sus espaldas.
- Los hombres son como anclas, Diana. ¿Sabes lo que es un ancla?
- Si, son esos ganchos grandes de metal que cuelgan de los barcos. ¿Y porqué dices que son como anclas?
-Las anclas se usan para detener los barcos, porque los barcos están hechos para navegar, no fueron pensados para estar detenidos. Cuando un barco no está en movimiento acumula moho y se oxida. Y aunque es cómodo para el barco estar parado porque tiene que hacer menos esfuerzo, también se pierde de visitar lugares, de desafiar al mar y a la corriente. El ancla encuentra todo su propósito en la vida cuando consigue un barco, ya que su única misión es detenerlo. Al ancla no le importa si el barco se oxida, a fin de cuentas, una vez que ese barco se hecha a perder podrá conquistar a cualquier otro barco en el camino. Así pues ya que las mujeres somos como los barcos, los hombres son irremediablemente como anclas.
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